Entre los principales avances tecnológicos de la actualidad, se encuentra el llamado aprendizaje automático de los sistemas inteligentes: vehículos autónomos, drones no tripulados, robots artistas que pintan cuadros, escriben canciones o guiones; en definitiva, todas ellas máquinas que emulan a las personas imitando la inteligencia humana. Sin embargo hasta hace unos pocos años, esta ecuación tecnológica ha soslayado uno de los aspectos más esenciales de la inteligencia humana: la inteligencia emocional.

, Doctora de Derecho Penal, y , Profesor de Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial, -ambos docentes de la Universitat de les Illes Balears- publican un interesante artículo en ‘The Conversation‘, en el que explican que sobre las emociones gravita toda decisión del ser humano; nos condicionan e influyen. De este modo, si deseamos que una máquina reproduzca la conducta humana, parece evidente que, para conseguirlo, habría que lograr que la máquina pudiera sentir lo que un humano siente en cada preciso momento al tomar una decisión. Y es entonces cuando surge la duda: ¿puede una máquina llegar a sentir, a ser empática o a emocionarse?

Aprendizaje automático bajo tutela humana

A priori, para alguien ajeno al mundo de la inteligencia artificial, atribuir una emoción a una máquina puede parecer algo estrambótico e incluso descabellado. Podemos aceptar, quizá, que la máquina reconozca, a través de la interpretación de los gestos y actitudes humanas, qué emoción sentimos en cada momento o cuál es nuestro estado de ánimo. Pero en ningún caso nos resulta lógico ni imaginable que estas puedan sentir y, aún menos, adoptar una decisión conforme a este sentimiento, aprendiendo y evolucionando a causa de sus decisiones.

Pues bien, el aprendizaje automático, una rama de la inteligencia artificial, permite a la máquina resolver todo tipo de problemas, en la mayoría de casos mejor que los humanos. Emplea para ello métodos que le facultan para encontrar la mejor solución y aprender de forma autónoma, y que, además, se encuentran totalmente implantados en los sectores productivos y de ocio.

Desde esta perspectiva, los modelos de aprendizaje automático requieren la utilización de una ingente cantidad de datos. Estos, a su vez, están basados en un esquema completamente apriorístico: siempre existe un humano que decide cómo introducir los datos en la máquina y cómo estos se van a clasificar y etiquetar, determinando su valor de destino para que le sirvan como guía en sucesivas decisiones.

La complejidad de las emociones humanas

Así, en principio, salvo error humano en la introducción o clasificación de los datos, la máquina debería dar siempre para cada entrada la misma respuesta. No obstante, en los humanos las emociones hacen que, con frecuencia, en una misma situación, ese valor de respuesta sea diferente en función de su estado de ánimo. Y es aquí cuando las máquinas no pueden resolver el problema.

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